Subí al faro para ver el mar. Desde ese punto, soñaba. Dormía. Pero el mar no estaba ahí.
Bajé las escaleras para estar más cerca del acantilado. El viento, los pinos, las plantas secas. El mar, al fondo. Casi un arma. Pero el mar no estaba ahí.
Ahora que lo pienso nunca estuvo el mar donde yo miraba. Sólo estaba yo, quizás.
Hace falta mirar mucho y dejar de ver para darse cuenta que el mar puede estar debajo de un semáforo, en las páginas de un libro, debajo de unos raviolis o en el teclado de este portátil.
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